Los reasentados sirios en Uruguay

post-img

A finales del 2014, Uruguay abrió sus puertas para recibir a las cuatro familias de reasentados sirios que venían desde Líbano, donde allí se encontraban como refugiados de guerra. El país los recibió con gran expectativa, muchos con enojo y descontento, otros con ilusión y alegría de que gracias a la solicitud del  Ministro de Relaciones Exteriores Dr. Luís Almagro, realizada al presidente de la Republica en aquel momento José Mujica, estas familias pudiesen encontrar una esperanza lejos de su tierra y su cultura pero también lejos de la guerra, las bombas, y la muerte.

No fue fácil, el programa implicaba que en muy poco tiempo se creara un equipo de profesionales compuesto por especialistas en temas de medio oriente, intérpretes de árabe, expertos  en derechos humanos y por supuesto miembros de ACNUR y que éstos  se reunieran y coordinaran junto con el gobierno la forma de insertarlos en la sociedad, procurando que los cambios que esto produjeran  en sus vidas fueran lo menos chocantes posibles; y que por supuesto la sociedad uruguaya entendiera que darle la mano a otros en un contexto de extrema necesidad no implicaba quitársela a los necesitados del país.

 Resulta llamativo que gran parte de la sociedad se mostrara reacia y recelosa de esta política,  si tenemos en cuenta que Uruguay  tiene gran parte de sus raíces en  migraciones  europeas,  españoles e italianos fundamentalmente. Pareciera que un velo en la cabeza, un color de piel distinto y un lenguaje extraño son  cosas de otro planeta y una  amenaza para el país.

Hasta que luego de un interminable viaje, repleto de dudas, incertidumbre y miedos esa “amenaza” llegaba a Uruguay, y lo hacía luego de, en muchos casos subirse por primera vez a un avión,  más aún, a una escalera mecánica.

 Era una mañana lluviosa y al llegar al Hogar Maristas, donde estuvo dispuesta su estadía para los primeros meses, los niños se bajaron del bus que los traía desde el aeropuerto directo al césped verde y mojado a sentir las gotas de agua caer por sus mejillas, a tocar el pasto húmedo y saborear ese olor tan exquisito y lejano a su cotidianeidad  y a correr, correr sin parar.

 Niños y niñas detrás de una pelota, con risas tímidas, disfrutando de ese momento, de sentir que habían llegado a destino, que estaban a salvo y que, lejos de representar un peligro, se sentían agradecidos y felices de esa oportunidad  de ser niños una vez más, experimentando esa alegría y satisfacción de sentir que se puede volver a empezar, como en un pasado no tan lejano, nuestros abuelos y bisabuelos provenientes del viejo continente también experimentaron, y se sintieron bienvenidos y amparados a un país que, históricamente, ha servido de refugio.

Leave a reply

Name

Website

Message