Un nuevo ensayo eleccionario

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La construcción de un enemigo puede ser una forma muy efectiva de preservar la propia esencia: un contrario no se mezcla, no puede emular y no posee las herramientas para ocupar el espacio propio. En este sentido, un contrario permite aglutinar lo que, en definitiva, termina resultando una unidad por la diferencia. Macri representa en el colectivo social el ala derecha del pensamiento de lo político. Podrá ser acertado o no ese análisis, pero lo cierto es que nadie duda de encasillarlo sencillamente en ese polo. Y es justamente por el kirchnerismo, por su particular forma de interpretar el ejercicio de la soberanía democrática que existe, de hecho, esa derecha. La realidad es que por su acción, por su penetración en el terreno político y su masiva influencia, el kirchnerismo no solo da nombre a una calle o algún centro cultural, sino que también otorga identidad a su contrario, construye significado y da contenido a las categorías vacías de izquierda y derecha que suelen manejarse como guía en el ámbito de la realidad política.

[caption id="attachment_528" align="alignleft" width="216"]Mauricio Macri Fuente: Wikimedia Commons Mauricio Macri
Fuente: Wikimedia Commons[/caption]

En relación a esto, uno puede pensar en las múltiples oportunidades en que ciertos sectores del Frente para la Victoria han sugerido la opción de Macri como antagonista de la presidenta. No hay dudas de que representa una estrategia atractiva y la razón principal quizás sea el hecho de que, como abanderado de lo que se entiende actualmente como la derecha, Macri no representa un peligro en lo que respecta a la cooptación de aquel segmento social que se identifica con el kirchnerismo. Al mismo tiempo, su presencia en el terreno político y el posible crecimiento de su participación en la estructura estatal podrían funcionar como aliciente para el reagrupamiento del bloque liderado por Cristina, que en la actualidad, parece estar más debilitado que algún tiempo atrás. Por último, y sin adentrarnos en la profundidad del mundo económico, algunos creen que la actual gestión ha generado ciertos descalabros en el mercado que exigen un reacomodamiento. Un escenario que daría lugar e impondría, incluso, un libreto de acción que podría calzar perfectamente con aquellas posturas conservadoras que por momentos explora el macrismo. En algún sentido, se tendría que hacer cargo de aquellas medidas antipopulares que, quizás puedan haber estado en su repertorio desde el principio, pero que sin duda el contexto también se encargará de reforzar.

En todo lo dicho, podría recaer la justificación de por qué resulta en algún punto conveniente la búsqueda de una dinámica pendular, es decir, la alternancia entre izquierda y derecha. Sin embargo, el que algunas expresiones hayan pensado en el afuera antes que en el adentro deja entrever una falencia que aún sigue estando presente en el centro de la política argentina: la incapacidad –o la falta de voluntad - de generar nuevos liderazgos. Si el partido que viene gobernando la nación hace ya 12 años fuese un organismo con existencia propia, no necesitaría de un líder que lo amaestrase a tan avanzada edad ni tuviese que designar a dedo a su sucesor. Es decir, si el interior estuviese lo suficientemente desarrollado, no haría falta estar analizando estrategias que comprendiesen elementos externos.

[caption id="attachment_529" align="alignright" width="212"]Amado Boudou y Cristina Fernández de Kirchner Fuente: Wikimedia Commons Amado Boudou y Cristina Fernández de Kirchner
Fuente: Wikimedia Commons[/caption]

Muestra de todo esto y gran paradoja, por cierto, es el hecho de que el propio kirchnerismo haya sido patrocinador de la ley que instauró las P.A.S.O  pero que, sin embargo, en las elecciones del 2011 haya sido una solo fórmula presentada: Kirchner – Boudou, es decir que  la competencia interna nunca existió. Esta situación no solo ocurrió dentro del oficialismo, sino que ningún otro partido presentó fórmulas alternativas. De manera tal que no se trata de una falencia de una agrupación en particular, sino de una problemática que atraviesa estructuralmente al conjunto de los vehículos de representación política.

La inexistencia de una competencia interna sana, capaz de generar los estímulos adecuados para la regeneración de continuos liderazgos, expresa algo muy claro: que los momentos políticos se compartimentan y  pierden conexión entre sí, eliminando en el proceso todo vestigio de fluidez. El poder se sigue ejerciendo claustrofóbicamente, de manera posesiva, lo que obviamente anula la posibilidad de una línea de sucesión. El personalismo, que nuestro sistema de gobierno alimenta, hace una vez más gala de sus efectos.

Este nuevo período preelectoral comenzó mostrando una realidad alternativa, puesto que en el oficialismo se erigieron dos precandidatos. Sin embargo, las decisiones tomadas en los últimos días demostraron que, una vez más, aquella lógica posesiva se sigue manifestando. Primero, bastó con un solo pronunciamiento desde la cúspide para que todos aquellos con aspiraciones presidencialistas, pero con escaso renombre, orillaran. Persistieron Randazzo, por un lado, cuya estrategia siempre estuvo direccionada a distinguirse de su contrincante y mostrarse como un kirchnerista de raza, y Scioli, por el otro, quien nunca abandonó su perfil ambivalente. En cierta forma, ambos lucharon por el aval del partido, o lo que es lo mismo, por la aprobación de la presidenta, pero lo hicieron con armas distintas. El primero intentó apelar al núcleo duro del kirchnerismo, sacando a relucir su lealtad y compromiso al proyecto, mientras que el segundo siempre miró un poco más allá del contorno del FPV y ha buscado despojarse de ciertas insignias para atraer a los externos. Pero lo que hasta acá parecía una competencia abierta a la ciudadanía, terminó de resolverse a espaldas de éste. La designación de Zanini como compañero de fórmula de Scioli ha dejado al descubierto que el interior de un partido está muy lejos de ser un terreno en el que la ciudadanía tenga real capacidad de intervención.

Las pujas internas, los conflictos y estrategias se mantienen detrás de un velo que, por ahora, las supuestas leyes de democratización electoral no han logrado correr. Por ello es que, a contramano del espíritu que ha impulsado la creación de las P.A.S.O, el kirchnerismo ha resuelto su representación prescindiendo de la opinión popular. Es verdad que, en última instancia, toda esta cuestión puede ser argumentada como una estrategia electoral que simplemente se ha decidido no utilizar: sin embargo, esa concepción de las primarias también demuestra que el espíritu de apertura y participación ha sido relegado una vez más frente a objetivos particularistas.

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