Laudato Si: Fe, Amor Y Poder

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El filósofo alemán, Karl Loewenstein, en el primer párrafo de su obra “La teoría de la constitución” enumera los que, a su criterio, son los “tres incentivos fundamentales que dominan la vida del hombre en sociedad”: el amor, la fe y el poder. Loewenstein sostiene que la historia del hombre ha demostrado como el amor y la fe han contribuido a su felicidad y como el poder a su miseria. No obstante, las tres fuerzas poseen algo en común: “el hombre puede sentirlas y experimentarlas, así como apreciar su efecto sobre sí mismo y su medio ambiente; pero a lo que no llega es a conocer su interna realidad”.

El Papa Francisco en la primera encíclica de su exclusiva autoría hace un pormenorizado análisis de cómo estas fuerzas operan, especialmente el poder, y sus poderosos efectos en la vida de todos los hombres. Su mensaje no tiene por destinatario exclusivo la comunidad católica, sino todas las personas de este mundo. El acento de su preocupación está inmerso en el medio ambiente y en los verdaderos damnificados de nuestro paradigma actual: los pobres.

En su encíclica, Francisco utiliza como factor englobador nuestra “casa”, o sea, el mundo, y ejemplifica el resultado de las relaciones sociales dentro de ella en la crisis ecológica. El Papa nos llama a proteger nuestra “casa” sin distinción de nacionalidad, etnia o credo. Habla de la intrínseca relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, de la idea formulada anteriormente por Anaxágoras de que “en todo hay una porción de todo”. .Asimismo, menciona la crítica al nuevo paradigma de nuestro mundo y las formas de poder que derivan de la tecnología, propone replantearnos nuestro modo de entender la economía y el progreso y la gran responsabilidad que tiene la política internacional y local.

[caption id="attachment_560" align="alignleft" width="300"]Contaminación ambiental. Fuente: Pixabay Contaminación ambiental.
Fuente: Pixabay[/caption]

Los cambios en pos de revertir el deterioro ambiental y el calentamiento global deben provenir tanto desde arriba como desde abajo. Por un lado, propone la creación de verdaderas instituciones internacionales fuertes con potestades sancionatorias. Las grandes cumbres mundiales sobre el cambio climático, como la de Río+20 de 2012, han fracasado porque los países más responsables siguen anteponiendo sus intereses nacionales por sobre el bien común global. Por el otro lado, hace un llamado a todas las personas para que, a través de los nuevos medios de comunicación, como las redes sociales, se insten a los poderes políticos locales a actuar. También recuerda el poderoso instrumento que es el “predicar con el ejemplo”, cambiando parte de nuestros hábitos diarios, como el utilizar el transporte público, no iluminar ambientes de nuestra casa donde no nos encontremos, pero por sobre todo empezar a replantear el “nivel escandaloso de consumo de algunos sectores privilegiados”.

En la encíclica no se limita a una descripción de los síntomas de la crisis ecológica, sino que aclara que la misma posee una raíz humana en el “paradigma tecnocrático dominante”. El enfoque resalta los cambios ampliamente positivos del progreso humano, pero critica al poder económico que detenta la propiedad de ciertos avances tecnológicos y el uso que hace de ellos. La tecnología es poder, y ella no está regulada por norma alguna, sino por los imperativos de la utilidad y la seguridad. En definitiva, un paradigma homogéneo y unidimensional. Ya no interesa tan solo “recibir lo que la realidad natural de suyo permite”, sino que hoy día se procura extraer más allá de los límites que nuestra naturaleza nos puede proporcionar, alentados por la idea del progreso sin límites. El paradigma tecnocrático a su vez domina la economía y la política La economía motoriza el desarrollo tecnológico en base a la búsqueda de nuevas y mayores ganancias haciendo caso omiso de si, eventualmente, genera consecuencias negativas para el ser humano. Por consiguiente, la política procura no irritar a su masa de electoral con medidas que puedan reducir sus niveles de consumo o poner en riesgo inversiones extranjeras al priorizar el crecimiento a corto plazo.

[caption id="attachment_561" align="alignright" width="300"]Fuente: Wikimedia Commons Fuente: Wikimedia Commons[/caption]

En diversos apartados, el Papa hace una fuerte crítica al sector financiero y ejemplifica cómo la humanidad no siempre aprende de sus errores, tal es el caso de la crisis de 2008-2009, cuando los grandes bancos fueron sostenidos a toda costa pese a su responsabilidad en la gestación de la crisis. Si las lecciones de la crisis financiera reciente no fueron aprendidas aunque experimentaron sus crudas consecuencias, difícilmente los cambios lleguen a tiempo, antes que el ocaso de nuestro medio ambiente se torne irreversible.

El peso mayor de los cambios debe residir en los países desarrollados que poseen una “deuda ecológica” respecto del resto, al haber impulsado sus propios desarrollos usufructuando irresponsablemente un bien global común. Las obligaciones  son comunes pero diferenciadas. Los países desarrollados deben encarar las mayores y más inmediatas transformaciones, gestar las tecnologías alternativas, transferirlas, y financiar su aplicación por el resto.

Los estudios científicos han advertido sobre la crisis ambiental, pero preanunciar y demostrar no ha alcanzado para un verdadero cambio de rumbo. El individuo es quien tiene que concientizarse y poner en práctica nuevos hábitos y valores. Debe peticionar a los gobiernos locales y que éstos, a su vez, generen un consenso global efectivo sobre esta problemática. Francisco nos ha dado una clase magistral de hacia dónde nos está llevando el poder actualmente. La constitución de un nuevo paradigma que preserve nuestra “casa” radica en si el hombre está dispuesto a priorizar los otros dos determinantes de las relaciones sociales que Loewenstein enumeró y que se reflejan a lo largo de la encíclica: la fe y el amor.

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