La Paz en Colombia

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Con un conflicto armado interno por más de cincuenta años, que ha marcado cuatro generaciones consecutivas que han crecido viendo los horrores de la guerra –sea mediante su exposición directa o por los medios de comunicación-, no resulta descabellado pensar que surja en la población temor por los resultados del actual proceso de paz que el gobierno colombiano lleva a cabo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Miedo que brota no solo por la posibilidad de que el proceso de paz se convierta en cualquier momento en un proyecto a rememorar, como ha ocurrido en varias oportunidades, siendo el más recordado en el imaginario colectivo el fracaso rotundo en las mesas de diálogo de negociación dirigidas por el expresidente Andrés Pastrana Arango en 1998.Además, el mismo tuvo el infortunio de fortalecer a su paso el poderío militar de las FARC, dejando tras de sí una estela de desilusión y desesperanza en la población que terminó reforzando el ideario de no reconocimiento a los integrantes de la guerrilla -denominación que se le da a la generalidad de los grupos armados al margen de la ley-, como seres humanos con deberes y derechos.

2144898495_e1f70d51c1_oResulta oportuno resaltar cómo el conflicto ha logrado permear el tejido social, político, económico, judicial e incluso a las mismas fuerzas armadas de Colombia, quienes  han asimilado como tolerable o aceptable ciertos grados de violencia, convirtiéndose en una realidad inherente de ser colombiano.

Ante esta situación, es necesario para el Estado, así como para cada uno de los colombianos, que se alcance la paz, no solo con las FARC, sino también con la totalidad de los grupos al margen de la ley, convirtiéndose éste en el único modo de dar el primer paso hacia la reconciliación; en aras de erradicar de raíz el odio que se ha sembrado en los habitantes  como consecuencia de los terribles actos de guerra que durante décadas han azotado al país entero y que han ocasionado graves daños a Colombia, así como al futuro de su población.

Pues, hasta ahora, la única realidad que los colombianos han observado ha sido a través del velo del dolor, odio y desesperanza que emanan de un conflicto que se ha convertido en un negocio e indudablemente ha condicionado el bienestar social de la población, ya sea desde el continuo sometimiento a violaciones de derechos humanos, hasta la disposición de más de dos dígitos del porcentaje total del presupuesto de la nación destinados exclusivamente al gasto militar.

Además, como consecuencia de la prolongación del conflicto interno, sus efectos colaterales se han extendido a diversas áreas, siendo un ejemplo de ello, el aspecto económico del Estado, el cual durante décadas se ha visto seriamente afectado por la baja inversión extranjera. Esto ocurre debido a la inseguridad y corrupción, y al estancamiento del desarrollo de la infraestructura vial necesaria para movilizar la producción nacional, así como por los sucesivos y reiterados ataques a los oleoductos, los cuales fueron perpetrados con el propósito de obtener una fuente de financiación, desestabilización y perpetración de daños irreparables al medio ambiente.

Incluso, el conflicto como consecuencia de su narcotización terminó alcanzando todos los grados de las esferas del poder estatal, siendo unos de los casos más sonados a nivel internacional en la década de los noventa el proceso 8.000 adelantado contra el expresidente Ernesto Samper Pizano por la presunta narco financiación de su campaña presidencial.

Por otra parte, la incapacidad del Estado para afrontar solo los desafíos generados por la guerrilla, hizo que la política exterior colombiana se halla orientado durante décadas a la búsqueda de la internacionalización del conflicto armado, en aras de obtener apoyo de la comunidad internacional, quien le facilitaría la ayuda financiera, así como la legitimación de las propuestas de solución ofrecidas por el gobierno nacional de turno.

Bajo este escenario, es natural que el presente proceso de paz genere controversias en todos los sectores de la sociedad, sin embargo, estas discrepancias si son abordadas de forma constructiva permitirán alcanzar este objetivo, el cual merece todos los esfuerzos que sean posibles. Por consiguiente, es hora de que se comiencen a vislumbrar los beneficios de la paz, los cuales pasan desde el impacto positivo en las finanzas públicas al liberarse millones de dólares, que en vez de ser dedicados al sostenimiento del aparato bélico estatal, podrían ser redireccionados a otras funciones públicas destinadas a brindar mayor bienestar social a la población; hasta brindar la posibilidad que a largo plazo se genere un cambio en la idiosincrasia de los colombianos.

Con esto no se pretende decir que alcanzar el fin del conflicto interno en Colombia implique el desvanecimiento inmediato de todos los problemas estructurales que padece el Estado. En caso de alcanzar la paz que se busca en las mesas de diálogo se daría paso a la búsqueda de soluciones de los demás problemas que afectan al Estado, a los cuales no se les ha prestado la atención debida, como consecuencia de la prevalencia de la variante del conflicto interno.

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