¿Kirchnerismo en retirada?

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Estamos a las puertas de un nuevo contexto sociopolítico cuya principal característica quizás sea el hecho de que el próximo presidente no será de la familia Kirchner. Esto, claro está, implica la desaparición de muchos de los elementos que de manera profunda han atravesado el sistema político argentino durante la última década. La terminación de un ciclo y el comienzo de otro, siempre hablando de escenarios democráticos, muy difícilmente se da de esta forma, es decir, en términos disruptivos. Y el que la ley, y todo el aparato formal, consagren a un nuevo presidente no significa que Argentina comenzará a funcionar de una forma completamente diferente a partir del 2016.  En este sentido, el kirchnerismo ha llevado a cabo una profunda transformación simbólica y material, tanto de la sociedad como del Estado, cuya vitalidad difícilmente pueda ser disminuida por el camino formal. El hoy va a convivir con el mañana, y este cruce resulta quizás uno de los aspectos más interesantes de pensar cuando imaginamos el futuro cercano.

Por ejemplo, en el hipotético caso de que el kirchnerismo pierda y se transforme en el antagonista, el concepto mismo de “oposición” navegará por nuevas y desconocidas aguas. La domesticación del lenguaje, en tanto capacidad efectiva de asignar significado, da muestras de la amplitud y profundidad que ha tenido el proceso de politización del kirchnerismo. Solo cuando aparece un contraste, un horizonte alternativo,  podemos tomar un poco más de conciencia al respecto. El concepto de oposición exigirá una reformulación, dado que en el contexto actual se encuentra fuertemente imbuido de valores específicos y una de las posibilidades es que abandone su carácter, más bien adjetivo, para adoptar una personería sustantiva en aras de entronizar en el nuevo escenario.

Y así como en el plano de las ideas se podría inaugurar un período de transición en el que coexistirían, en un principio, viejos significados y nuevos contextos, en el plano político real también tendría que, forzosamente, pasar lo mismo. En este sentido, las estructuras de poder construidas y desarrolladas a lo largo de estos últimos 12 años podrían transformarse en los puntos estratégicos de resistencia para el kirchnerismo. En lo que se refiere a las tácticas opositoras podríamos distinguir, en principio, a aquellas que se nutren del ámbito formal,  que se vinculan, básicamente, con la posibilidad de extender la presencia del Frente Para la Victoria en los distintos espacios de representación. Para ello, muchos de quienes en un principio irrumpieron en el Estado a través de mecanismos extraelectorales ahora deben ir en busca de la aprobación social directa, como el caso de Máximo Kirchner, Axel Kicillof, Julio De Vido o Nilda Garré, entre otros. Asimismo es importante que señalemos que el kirchnerismo a lo largo de todo este tiempo no solo ha acumulado poder simbólico, sino que también ha aglomerado un poder factual directamente relacionado con el largo proceso de entretejimiento en el Estado.

Por ello es que, manteniendo siempre una visión general, la pregunta que cabe hacernos es: ¿qué pasará con el kirchnerismo después del kirchnerismo? O mejor dicho, qué pasará con aquellos que deben ocupar los espacios de poder que han debido abandonar de acuerdo a las pautas constitucionales. Lo interesante del análisis planteado es que esta indagación no solo cobra relevancia ante uno  de los resultados probables de cara a octubre. Es decir, no solo aplica a una victoria de Macri, sino que también tiene pertinencia ante una eventual victoria de Scioli. De hecho, la imposición de Zanini no es sino el producto de un proceso, una acumulación de poder que ha permitido establecer, en esta oportunidad, ciertos límites a uno de los más extraños dentro de los propios.

La historia reciente exhibe un caso que puede ser tomado hasta cierto punto como un prototipo de lo que podría suceder, siempre y cuando no se olvide que las circunstancias del escenario actual son un tanto distintas. Se trata de la provincia de Santa Cruz, y aunque en este caso Néstor Kirchner, en tanto ex gobernador, poseía los recursos del Estado nacional como mecanismo de presión, las redes de poder factual, se pudieron transformar en vehículos estratégicos de presión.

La relación entre los Kirchner, primero de Néstor y luego de Cristina, con la gobernación santacruceña siempre estuvo atravesada por una fuerte puja de poder.

Néstor Kirchner inició su primera gestión al frente de la gobernación de Santa Cruz en 1991, y pese a que las reglas con las que asumió este primer mandato no lo permitían, logró renovar su estadía en el ejecutivo en dos oportunidades consecutivas más hasta el 2003. El que pudiese existir este tercer período se debió a la instauración de la reelección indefinida en 1998, hecho que también atestiguó un específico carácter político, una determinada forma de hacer y entender la política por parte del núcleo kirchnerista. De ahí que, y sin hacer historia contrafáctica, hasta cabría preguntarse en qué medida influyó este evento sobre la carrera nacional de Néstor Kirchner, es decir, el haber prolongado la retención de aquel lugar  hasta el contexto eleccionario del 2003.

 Volviendo al tema principal, podemos remontarnos hacia aquel año para recordar que el primer sucesor en la provincia del sur fue Sergio Acevedo. Éste fue un gran aliado en la carrera política de Néstor, tanto en el plano provincial (recordemos que fue su vicegobernador durante el último mandato), como también en sus aspiraciones nacionales dentro del PJ. Por lo tanto, Acevedo no constituía un cuadro más de los tantos que por ese entonces poseía aquel Frente para la Victoria en ciernes, sino que era un amigo directo de Kirchner. Naturalmente, esto suponía que la relación entre ambas instancias ejecutivas sería de las más armónicas en el país. Sin embargo, la dimisión de Acevedo a principios de 2006 terminó demostrando todo lo contrario, ya que existían límites políticos que no podían ser sobrepasados. A partir de una serie de obstaculizaciones en lo referente a partidas presupuestarias y del desentendimiento por parte de las autoridades nacionales en relación a problemáticas provinciales, se condujo al entonces gobernador, a una situación límite. La  búsqueda de una relativa independencia política por parte de Acevedo y su desenlace, demostró, que el liderazgo personal y su consecuente verticalismo, constituyeron y siguen constituyendo pilares fundamentales del kirchnerismo.

Está claro que el panorama conflictivo no es tan simple para ser analizado de esta forma, ya que la diversidad de factores que entran en juego es muy amplia. Desde aspiraciones personalistas, pasando por supuestos hechos de corrupción y aparentes disparidades ideológicas, el escenario de puja entre gobierno central y provincial es muy complejo. No obstante, uno de los hechos que nuevamente sale a flote es el de las presiones que a través de mecanismos materiales pueden emplearse para enderezar lo que la ley supone como esferas autónomas e independientes.

De todo lo dicho podemos extraer lo planteado en el inicio del presente análisis. La renovación de los nombres que ocupan lugares específicos del mandato no excluye cierta perpetuidad de un poder real acumulado a lo largo de determinado espacio temporal. Si bien el caso tratado sobre Santa Cruz se encuentra atravesado por cuestiones que remiten al problema del federalismo en Argentina, el empleo de determinados mecanismos por parte del kirchnerismo para acomodar la realidad política a su interpretación puede otorgar ciertos indicios acerca del futuro cercano. Cuál será el margen de maniobra para el eventual próximo presidente es algo que cabe preguntarse, no solo para un opositor como Macri, sino también para un oficialista como Scioli.

 

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